Tomo una ducha rápida. No, miento, es una ducha lenta. No sé tomar duchas rápidas. Aunque tardo mucho menos tiempo que hace 10 años. Unto en mi cabeza un líquido naranja. Como otras veces, mi piel delata lo que siento. Mi cuero cabelludo está hinchado. Tengo que esperar unos minutos. Mientras tanto masajeo mi piel con un jabón que huele rico. Eso siempre me anima. Lavo mi cara con un gel (más suave por lo que entendí). Termino de ducharme.

La nueva rutina continúa. Aplico una nueva crema en la mitad de mi rostro y, en la otra mitad, otra crema. Me parece curioso tener que dividir mi cara a la mitad (abajo y arriba). Como si un mundo es lo que digo y otro universo es lo que veo. Continúa la danza de cremas. Una en los codos. Otra en el resto de los brazos. Y una diferente en el resto del cuerpo, aunque ésa solo es un capricho porque me gusta el aroma de la cocoa. Me anima.

Unto una última capa, esta vez para protegerme del sol.

Tomo un desayuno rápido. Eso es cierto. Siempre como rápido, sobre todo, en las mañanas. Preparo un té negro que no tomaré hasta dentro de una hora, ya que esté frío. Es un té de cerezos que compré en Japón.

Y, entonces, llega el momento. Tomo una caja blanca con adornos azules. La abro sin cuidado (quizá es enojo). Tomo la placa plateada con 10 cápsulas. Saco la primera.

La trago. Sé que todo es lento, sin embargo, cierro los ojos y espero un milagro. Nada sucede, me siento igual. Pero percibo un leve aroma a cocoa y sonrío.

Hace dos días mi psiquiatra me recetó venlafaxina. Le temo más que a nada. No sé por qué, pero le temo.

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