A los siete años entendí que había sido abandonado (a medias, pero en la emoción rara vez aplicamos las matemáticas).
Primero lo entendí y después lo sentí, debo decirlo.
Fue en la escuela. Seguramente era uno de los primeros días de clase, cuando todo era un hervor de curiosidad: ¿Cómo te llamas? ¿Dónde vives? ¿Cuál es tu color favorito?
Y entonces alguien hizo la pregunta que cambió todo para mí: ¿Cómo se llama tu papá? En mi turno, mi respuesta fue simple: No tengo papá. Para mí fue una idea tan simple como decir: No tengo una playera roja (la cual, por cierto, no tuve hasta muchos años después). Pero el silencio y los ojos del grupo me hicieron sentir que aquello no era simple.
Escuché a alguien preguntar: ¿Por qué? Pero otro niño debió contestar y la plática siguió. Pero yo no, yo me quedé en esa pregunta: ¿Por qué no tengo papá?
Pensé en todos los que conocía (que en aquel entonces no iba más lejos que mi familia, uno que otro vecino y estos nuevos niños en mi vida). Todos tenían papás como todos teníamos mamás. ¿Por qué yo no?
Recordé algo y grité: Ah, no, sí tengo papá, solo que no me acuerdo cómo se llama. Mi euforia no fue importante para nadie. Aquello no era del todo una mentira. Navegando en la memoria, recordé a un hombre con el que salía algunos días y que un día me regaló un perro (tiempo después supe que ese fue un regalo de despedida: para que se acuerde de mí). Pero no había más recuerdos.
Esa misma noche le pregunté a mi mamá por qué yo no tenía papá. No está y punto, me dijo. Aquello más que una respuesta me pareció una orden. Y no volví a tocar el tema con ella hasta muchísimos años después.
Pero la realidad es que no fue un punto para mí en ese momento. La pregunta se hizo una avalancha porque papá es una idea tan cotidiana que es imposible olvidarla. Aunque, un día, una niña me dio la respuesta que yo buscaba en una pregunta: ¿Por qué no tienes papá? ¿No te quería?
No me quiso. Es eso.
Ésta no era una idea simple. Era una idea compleja, incluso cruel, sobre todo, para un niño de siete años. Entendí que él no me quiso, y entonces sentí que él no me quiso. Durante todos mis años jamás sentí la necesidad de un papá, pero, en ese momento, lo deseé con todas mis fuerzas. ¿Era un deseo natural o un deseo creado (impuesto) por los otros?
Cuando eres un niño, quieres ser muchas cosas, pero definitivamente no quieres ser el niño al que no quiso su papá. Así que comencé a mentir. Que era doctor (o abogado, o polícia, o bombero). Que vivía en otra ciudad. Que me hablaba todos los miércoles en la noche. Que un día regresaría por mí (esa mentira era especialmente para mí). Hasta le inventé un nombre. Pero, eso, en realidad, siempre fue la parte más difícil. Porque yo llevaba (llevo) los apellidos de mi mamá.
Pasé muchos años de mi vida aborreciendo mi acta de nacimiento porque, para mí, no era un papel que decía que existía, era un recordatorio que no tenía papá.
No dejó de cuestionarme cuánto de lo que soy hoy es consecuencia de esa pregunta.
¿Tengo una imaginación que florece todo el tiempo porque de pequeño tuve que inventar muchas historias? ¿No confío en la palabra de otros porque él decidió no quedarse? ¿Miro siempre hacia atrás porque sigo esperando que llegue?
A ratos me parece absurdo que una simple pregunta haya hecho tanto.

Deja un comentario