Alex era un niño travieso y sonriente, aunque cargaba un terrible secreto: no podía leer las letras pequeñas. Cuando la mamá de Alex descubrió la mirada de viejito que tenía su hijo, un hombre con bata blanca le recetó una botella de cristal para cada ojo de su retoño. La medicina curó el mal, Alex conoció a las hormigas y a los libros de bolsillo. Los otros niños de la calle se asustaron al verlo, pues sólo un monstruo podía tener cuatro ojos; pero los grandes se maravillaron al ver a un chico tan bien portado (Alex no se movía mucho, no quería romper sus ojos nuevos). En el parque y en la escuela, siempre lo acompañaban su mirada de vidrio y los rumores («Alex es un inteligente monstruo de cuatro ojos»). Él nunca entendió el cotilleo: No era un monstruo, porque no escupía fuego; ni era inteligente, pues no sabía nada de matemáticas. Sólo no podía leer las letras pequeñas sin sus botellas. Alex dejó de ser Alex y se volvió Alejandro, un inteligente monstruo de cuatro ojos que guarda un niño travieso y sonriente detrás de su mirada de vidrio.
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