Hace dos semanas comenzó la gran explosión. Quizá pude ser más listo y dejar que todo ocurriera poco a poco, que no todo se destruyera en unos cuantos días. Pero, en ese momento, me pareció que todo tenía que explotar. Pues, ¿no es una gran explosión lo que origina todo?
Recuerdo que cuando la crisis por el virus y el confinamiento empezó en mi país, estaba aterrado. El futuro lucía terrible (tanto como el presente). Sentí que debía ser fuerte y lo intenté. Confieso que las primeras semanas lo logré. Me sostuve. Me aferraba a todo lo que podía (mientras pude). Pero hay un montón de cosas destruyéndose y puede que, tarde o temprano, no haya nada que te sostenga. Y así fue para mí.
Me aterraba hundirme. Pues ya he estado ahí. Y salir fue difícil: la gran victoria de mi vida. Me recordaba en diciembre: fuerte, satisfecho y feliz. E intenté luchar así. De verdad lo intenté. Incluso hubo semanas en que pensé que lo lograría.
Quizá fue esta sensación la que no me dejó ver que el mundo, el mío, estaba llenándose de minas: bultos en el camino que, al mínimo toque, explotarían y, seguramente, arrasarían con todo a su alrededor. Me pregunto una y otra vez: ¿cerré los ojos o, de verdad, era imposible que viera esto?
A ratos triste, a ratos preocupado, a ratos ansioso, a ratos cansado, a ratos harto. Cada vez me era más difícil encontrar una inyección de esperanza y energía. Me sumergía en un té para dormir como a las nueve para quedarme dormido lo más pronto posible.
Algo que sí noté fue esa sensación de soledad que cada vez me invadía más y más. Aquella en la que sientes que el cariño a tu alrededor desaparece. Sin embargo, me fue difícil compartirlo porque, de algún modo, siento que invalido a mi familia y a mis amigos: me siento solo, aunque estés aquí. Pero este monstruo no es ajeno para mí, así que tampoco despertó más miedo en mí. Es curioso, ¿no? Cuánto deberíamos escucharnos.
Pero hace dos semanas, di un paso en falso y explotó la primera mina. Era una tan grande que los primeros segundos después de la explosión, me sentía confundido. No entendía qué había pasado. Miraba a todos y todos seguían igual. ¿Quizá había sido mi imaginación? Entonces me miré sólo a mí. Había muchas cosas destruidas: planes, treguas, ganas y relaciones. Intenté descifrar qué había pisado, pero, antes de hacerlo, descubrí que todo el camino estaba lleno de minas: bestias aclamando ser despertadas para arrasar con todo.
Estaba aterrado. Intenté hablar con alguien. Pero las palabras precisas no salían. Miré el camino una vez más y decidí que explotaría todo.
Fueron tres días de explosiones. Las minas frescas despertaron a las antiguas; las grandes, a las pequeñas (a veces al revés). Comencé a sentirme traicionado, solo, abandonado, triste, desesperado, feo, deshilado, rechazado, usado, quebrado… Una vez más, intenté hablar, pero las palabras no aparecían. ¿Hay algo peor para alguien que vive de la palabra que no tener palabras? Me asfixiaba.
Y en un intento desesperado por respirar, llamé a mi psiquiatra más de 6 meses después de haber sido dado de alta. Los minutos antes de entrar a consulta, me sentí un verdadero fracaso: allí estaba yo, otra vez, destruido.
En las terapias pasada, sólo lloré una vez: el día que fui dado de alta. En esta lloré al contarle todo (al contarme todo). Todo lo que parecía sostener el mundo había desaparecido: mi familia, mis amigos y el romance; el trabajo y la diversión; los planes y la salud. Y sentí (siento) que todo desapareció por lo que soy. Me culpé una y otra vez.
Los últimos minutos de la terapia fueron los más difíciles: volverían los medicamentos y ya no sólo serían encuentros de rutina, ahora, hay algo que atender.

El tratamiento es simple: anfebutamona, terapias y ejercicio (mucho ejercicio). La idea de tener que enfrentar algo con mi cuerpo me aterra. Pero aquí vamos, a través del espejo.
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