Todavía quedan algunas gotas en mi piel. Esas traviesas que lograron escapar de la toalla. Intento borrarlas una vez más de mi cara. Levanto los ojos y allí está el monstruo en el espejo. Allí estoy.
Nunca me he parecido guapo. Quizá nunca nadie me dijo que lo era (y a veces necesitas palabras para moldearte) o quizá no encontré un parecido con las formas en las revistas. Salgo a la calle amorfo, incompleto y ajeno. No me siento un sueño, aunque tampoco una tormenta. Me acostumbré a no encontrar ojos en mi piel.
Miro un rato mis pupilas en el espejo. Ese complicado baile que hacen con la luz. Intento encontrar el universo que guardan. Me bastaría ver un simple cometa en ellos esta mañana.
No me miró, no me miró y no me miró, la historia se repite una y otra vez, como si alguien disfrutara la escena. Las historias en 24 cuadros por segundo mienten, nadie me descubrió. No importa lo que imagine, ni lo que piense, lo que cuenta es la piel. Pues, ¿cómo pedirle a alguien que haga una radiografía de lo que soy?
Mi piel está seca, pero vuelvo a pasar la toalla, quizá en un acto desesperado por reconocer mi piel. Intento no verme tan mal en los reflejos, pero realmente es batalla perdida. Cierro los ojos y comienzo el día.
Vaya época para no tener un buen reflejo, pues están en todas partes. Hasta las cucharas pueden ser espejos.

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