Recuerdo que mi oftalmóloga abrió muy emocionada la puerta de su consultorio y me dijo que podíamos estar tranquilos: no había sospechas de daños al nervio óptico ni de glaucoma. Respiré después de una semana, aunque afuera me esperaba mi auto con la reversa sin funcionar.
Y pasaron las semanas. Y los arcoíris no volvían. Eso para mí era suficiente.
Pero una noche, tras una tarde de pizzas y helado con mis amigos, sentí que la noche se veía distinta, algo más oscura, imaginé que sería el cansancio o los cambios del otoño. Dormí varios días bien y aun así la noche era muy oscura. Me preocupe y, sin causar ningún incendio mental, pedí una cita con mi oftalmóloga.
Esta vez no había nada. Al menos, ella no encontraba nada extraño: una leve infección y el ojo más seco que de costumbre (tengo este padecimiento desde la operación que me quitó las gafas, pero siempre unas gotitas bastaban para calmarlo). Regresé a casa tranquilo.
El terror comenzó unos días después. En casa, a eso del mediodía, en mi habitación, junto a la ventana (hay que decirlo porque a partir de este momento la luz se convirtió en un elemento muy importante en mi vida). Me costaba escribir, y no era una crisis de hoja en blanco, era algo físico. Las letras se veían extrañas. Había un ligero cambio que no podía encontrar. Hasta que llegué a una lista marcada con puntos. Había puesto uno, pero veía dos. Me aterré. Llené mis ojos de lágrimas artificiales (el remedio para el ojo seco) y parpadeé tanto como pude. Regresé a la computadora y allí estaban los dos puntos. Uno nítido y claro, el otro algo transparente.

En una película de superhéroes habría logrado saber cuál era el real y cuál era la copia. Pero esto no era una película.
Respiré. Cerré la computadora. Y una vez más intenté culpar al cansancio. Ese día no volví a tocar la computadora. Al día siguiente, tras la rutina matutina, regresé al trabajo en la pantalla y allí estaban. Eran hipnóticos. Eran dos, aunque sólo debía ser uno. Los separaban unos cinco milímetros. Y algo más había cambiado: una ligera sombra aparecía tras cada letra.
Imaginen el terror de ver las letras dos veces. Un mundo doble.
Esa noche no pude dormir buscando arcoíris en las luces.
Replica a Numancia (@im_just_a_raven) Cancelar la respuesta