No hay campanadas (siguen sin gustarme los relojes), pero voy llegando a los veintisiete. Soy poco de lo que era a los diecisiete, leo otras cosas, encuentro otras cosas, como otras cosas, imagino otras cosas. Aunque sigo esperando; qué, no lo sé. Llego arrastrándome, los veintiséis se volvieron una bestia en los últimos meses. Comenzaron a arrebatarme murallas, espejos, recuerdos y ánimos y, al final, el cuerpo se rindió. Y es un terror sentir que tu propio cuerpo ha caído. Ahora la batalla trata sobre él. Vitaminas, palabras y cama cuando lo pide, aunque ya no sea para encontrar dragones.
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