Tengo la cabeza llena de murciélagos. Intenté dormir a las once, a las doce, a la una, pero no alcancé el sueño. Estos monstruos alados trajeron tinieblas, puntos rojos, ideas absurdas y lamentos. En un intento desesperado por ahuyentarlos, terminé arrancándome un poco de esperanza y otro tanto de cabello. Viajé de lado a lado en mi cama y sólo encontré el terrible sonido de sus alas.

Este terrible insomnio que, a gritos, pide un cambio.

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