Coincidimos por primera vez la mañana de un miércoles cualquiera.
El despertador cumplió la tregua aquel día. Comencé a caminar aunque mis sentidos aún no se levantaban. Sólo mi ojo izquierdo me guiaba. Intenté detenerme en la pared y hacerla cama, pero la voz de las obligaciones ya había tomado el control. Toma una ducha, vístete y sal a crecer. Abrí la llave, quedé desnudo y esperé un poco de agua caliente. Vi como algunas formas empezaban a aparecer en el techo: un conejo, una pradera y una boca. Era el vapor. Entré a la regadera pidiendo lo imposible. Apenas me sostenía.
Dejaba el agua correr por mi cuerpo cuando sentí su presencia por primera vez. Me tomó por sorpresa, pero no me asustó. Todo era calma. Comenzó agarrando mi mano: un saludo y un breve coqueteo. Nuestra historia partió de mi palma. Arriesgándome, respondí: Cerré mi mano para sostener la suya: era cálida e infinita. Sentí que pasaron meses en unos cuantos segundos. Nos conocíamos. Nos descubríamos. Invadió todo mi cuerpo: mi piel, mis huesos, mis enfermedades, mis sueños, mi pasado. Todo. Guardé mi boca para el final. La abrí lentamente. Esperándolo todo. Queriéndolo todo. Aquí estoy. Bésame.
Pensé que debía morir esa misma mañana. Quise quedarme allí para siempre. Ése era el lugar. El momento. La persona, aunque no tuviera huesos. Podía morir en ese instante, en su abrazo de río, de mar, de tiempo, de historia. Todo lo había cumplido. Cerré los ojos y esperé la eternidad juntos, pero partió antes. Sentí como sus últimas fuerzas me quitaban el jabón. Me abandonaba. Llegaba el agua tibia.
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