Escuché el canto de un pájaro mientras comíamos. Nadie en la cafetería parecía notar aquella melodía que llevaba el ritmo de las cucharas chocando con las tazas. Comencé a buscar al pájaro, no tenía muchos rincones para esconderse, pues el lugar era bastante pequeño y solitario. En mi mesa sólo había platos y risas. Muy cerca, un hombre leía, sin embargo, de las letras que sostenía no salían canciones. Unas señoras charlaban al fondo, pero ellas sólo eran buitres esperando a que la mesera cometiera un error. Antes de que llegara la desesperación, descubrí el borde de sus alas en una charola. El pájaro volaba en aquella bandeja, se quedaba colores y perdía algunos. Recordé a los camaleones. Jugaba con todas los ritmos, evitando toparse con otros ojos, especialmente con los que tenían las urracas del fondo. Cuánta alegría parecía hallar en la pasta, en la naranjada, en la salsa y en el pastel de queso. Cuando parecía que la canción no tendría fin, la mesera dejó una taza en la mesa del hombre, éste apartó la mirada de su libro para agradecer y, entonces, el pájaro corrió a su brazo. Y ahí estaba: un pájaro de tinta condenado a ser tatuaje en el brazo del hombre que leía. Añorando volar. Anhelando cantar.
Mi postre pasó en silencio.
Replica a w0rdbender Cancelar la respuesta