Voy huyendo en un caballo. He olvidado qué hay atrás, pero el horror sigue en mi piel. No sé a dónde ir, pero sé cómo llegar. Mi caballo corre más rápido cuando escucha mis pensamientos, también teme. Veo y entiendo, no sé si es el mar, un bosque o el espacio, pero sé que es un desierto. Ideas soberbias invaden mi cabeza: pronto mi caballo morirá de cansancio y yo tendré que darle un último pensamiento al mundo. No quiero adelantarme más, pues podría quitarle la maravilla a esas palabras finales, sin embargo, lo hago. Intento hacer treguas con el silencio, pero mis sentidos no dejan de hablar, están devorando cuanto queda, queriéndose llevar algo, lo que sea. La desesperación me inunda, el tiempo se acaba. Miro a mi caballo hecho de espejos y gozo un último reflejo. No es una sombra, soy yo, lo sé. Sonrío, deseando que ése sea el punto final de la historia, sin embargo, mis labios delatan unos dientes negros, colmillos, no, cuchillos hechos de tinieblas empuñados hacia mi boca. Encuentro a la bestia.

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