Comencé a desear mi muerte el viernes por la mañana. Nada especial había pasado. Era una mañana como cualquier otra. Nunca había deseado mi muerte. Algunas veces quise detener el tiempo, pero siempre pensando en volver.
Tras una mañana como cualquier otra, sentí que mi cuerpo desaparecía. Cuando mis piernas se fueron, conservé el equilibrio. Aquello, creo, me dejó seguir el viaje con calma. Unos minutos más tarde, yo era el vacío. Me sentí infinito, y más tarde, diminuto. Cuánta felicidad: era las bestias y la razón en el mismo momento. Mis pulmones reclamaron aire y regresé. Poco a poco, mi cuerpo fue apareciendo mientras me hundía en los lamentos.
Comencé a desear mi muerte ese día. Imaginé que moría cientos de veces, la fantasía daba frutos tras años de cultivarla. Algunas muertes eran simples, pero también vi a un dragón atravesarme el estómago con sus garras. Cada muerte me parecía más cercana.
He olvidado cuándo la encontré. Creo que seguí deseándola incluso cuando ya había corrido por mi cuerpo. Quizá ocurrió un sábado cualquiera.
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