He olvidado cuánto tiempo llevo viviendo en mis orillas.

Despierto y todo sigue en calma. No sé qué hora es y tampoco importa. Bien podría tomar el desayuno en la cena y nadie notaría que me estoy volviendo un cangrejo. Cierro los ojos esperando que alguna tormenta me quiebre aunque sea en el sueño. Pero nada. Allá las olas también desaparecieron. Todo se volvió un mar muerto. Quiero sumergirme, pero el agua apenas es un manto delgado que cubre mis tobillos y me mantiene vivo. Busco lagunas secretas y descubro que olvidé mis profundidades. Sigo pisando mis orillas que me parecen viejas y aburridas.

Intento no salir aunque esté afuera. Grito hacia el pasado para que nadie me escuche. He olvidado mi voz, pues no tengo oídos en la memoria. De vez en cuando hablo, no es fácil mover la lengua en una cueva llena de telarañas, pero ésa no es mi voz. El laberinto de las sábanas es frágil y mis pies terminan escapando. Busco algo que me diga la hora, pero todo me da la espalda. El reloj se niega a hablarme desde que rompí sus manecillas.

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