Tras una ducha que llenó con vapor la habitación, está frente al espejo empañado, su reflejo ha desaparecido, sin embargo, no está solo.
Encuentra al niño que fue del otro lado del espejo, quien apenas interrumpe su juego al verlo, está convirtiendo a las patillas de sus gafas en terribles dinosaurios, desea volver al agua, mirar sus dedos arrugadas lo hace soñar con lo que vendrá. Terminada la batalla prehistórica, el niño comienza a crecer: se infla como un pez globo y en su rostro aparecen volcanes y pantanos. El chico no quiere que lo vean, cierra los ojos y aguarda. Sus sentidos comienzan a devorar sus malestares, se mira y sonríe. Aún es joven.
El largo viaje termina y el espejo se queda en blanco. No hay nadie.
El vapor comienza a correr y una silueta aparece: hombre o bestia, quizá sólo una huella. Cansado de esperar, dibuja con sus dedos en el espejo un cuerpo con trazos simples que son ventanas para ver al hombre que será, o sea lo que sea que su reflejo esconde.
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