A las dos de la mañana mi colchón se llenó de pelícanos. Callé para escucharlos, pero no entendí sus miradas. No abrían el pico y un terrible escalofrío me invadió cuando sospeché que esperaban mi muerte. Vueltos aves de rapiña, ansiaron mis pulmones, albergues para sus nidos. Intenté alejar a los pelícanos y al frío con unas cuantas cobijas. Nada. Tuve que ver a mis miedos alados, pues mis párpados quemaban mis ojos.
Tomé un brebaje blanco.
Las plumas de las aves se volvieron manchas negras y de ellas nacieron otras criaturas extrañas. Todos los monstruos corrieron en el cuarto, gritaron en silencio y aclamaron un poco más de vida. Una mujer hecha de noche apareció frente a mí y pedí misericordia. Se acercó poco a poco, flotando, aunque parecía que caminaba, sus pasos sonaban como cascos de caballo.
Mi sangre se hizo blanca: nieve.
La mujer se convirtió en manchas otra vez y luego en plumas negras. Mis párpados dejaron de quemar. Me quedé dormido mientras una lluvia de nieve y plumas inundaba el mundo, lo que quedaba de él.
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