Atravesé nubes antiguas en julio. Llegué a una ciudad de trenes, dragones y castillos. Los letreros me llevaron a un laberinto subterráneo, caminos más profundos que las raíces de los árboles viejos. Encontré monstruos metálicos (algunos heridos), pero nunca un minotauro. A cada paso, ojos orientales y, de vez en cuando, palabras de mi tierra. Las calles no eran ajenas, en alguna ocasión había soñado con ellas veinticuatro veces por segundo. Tenía que pensar al revés, mi derecha era su izquierda. Llovía. Busqué a mis amigos de tinta. Miré brujas y leones, pero nunca pude conciliar el sueño en el suelo, sólo uno que otro baile de la imaginación.
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