Berlín

Bajé del avión y el encantó comenzó: nieve. La puerta se abrió y el frío, como si llevara toda una vida esperándome, me abrazó, no sólo tocó mi piel, también llegó a mi sangre. Leía y escuchaba sin entender a los alemanes; aunque, de algún modo, esas palabras, que antes entendía a medias, cobraban sentido poco a poco. Llegué a la Alexanderplatz y de allí no paré durante un par de días con la compañía de la nieve y la hospitalidad de Ana: la Puerta de Brandeburgo, la Isla de los Museos, el Palacio de Charlottenburg, los vestigios del Muro de Berlín, una librería de muchos pisos y otros rincones.