La primera vez que quise morir tenía 20 años. Regresaba de la universidad. Ya era tarde. Recuerdo que en una curva pensé que una maniobra rápida con el volante podría acabar con el dolor, la tristeza y todos los pesares que había sentido en los últimos días (quizá semanas). La idea desapareció rápido. Fue sólo un instante. Culpé a los meses de silencio. Le conté ese pensamiento a mamá y me mandó a ocuparme.
La segunda vez ya no fue un instante. Estaba en un semáforo cerca de casa. Era uno en el que podías perder 10 minutos esperando. Ese día no logré escapar de la luz roja y mientras esperaba pensé que el mundo bien podría terminar en ese instante. Sentí que la vida se me había caído así que no encontré sentido en seguir. El pensamiento y la sensación latieron tan fuerte que decidí ir al psiquiatra. Al poco tiempo, me fui del país.
La tercera vez ocurrió cerca de cumplir 30 años. La vida me parecía absurda y lenta. Sentía que todos mis sistemas fallaban. Intenté gritar, pero no le encontré sentido.
La cuarta vez llegó cuando, por fin, sentimos que la pandemia podría acabar. Culpé al encierro y a la soledad, quizá a la amenaza constante. ¿Era justo querer terminar todo cuando, por meses, cuidé a la vida?
La última vez que quise morir fue el día que cumplí 38 años. Desperté pero no quería levantarme. Comencé a imaginar que mis costillas rompían mi cuerpo desde dentro porque no paraban de crecer. Lo curioso es que crecían como formando un abrazo y la idea de morir así, abrazándome, no me pareció terrible.

No se lo dije a nadie. ¿Cómo es posible que quisiera morir el día que debía celebrar la vida misma?
El día que descubres que quieres morir es terrible, pero también lo es el día siguiente. Despiertas y el eco sigue en tu cabeza.

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