Osaka – Tomamos el tren y llegamos a Osaka. Es un viaje corto desde Kioto. Tras navegar otro laberinto de salidas y pasillos, llegamos al hotel. Y la primera parada estaba clara: uno de los Centros Pokémon de Osaka. Curiosamente, había uno muy cerca de nuestro hotel.
El Centro Pokémon estaba en un centro comercial con muchísimas tiendas, entre ellas, un Pop Mart (la marca que comercializa los Labubus), la cual estaba bastante vacía por su letrero que decía que los Labubus estaban agotados. Yo pasé a comprar otras figuras que quería, le pedí la caja a la vendedora y, entonces sucedió, al dármela, en un inglés silvestre me dijo que sacarían Labubus en unos minutos. Me formé y, en menos de 3 minutos, comenzaron a llegar mares y mares de personas. Yo era el segundo en la fila. ¿Era esta la magia de Japón? Yo creo que sí.
Con la emoción de haber conseguido Labubus (compré la caja completa, claro está), fuimos al Centro Pokémon y, allí, sucedió otra maravilla. Era un Día de la Comunidad en Pokémon GO, así que en la tienda tenían un espacio para intercambiar. La mecánica era escribir qué estabas buscando en un letrero. Así que copiando el nombre en japonés, dije que estaba buscando un oricorio shiny (en su versión que solo puedes encontrar en Asia). Mi amiga logró encontrar a un chico que me lo cambió por una ardilla rosa. ¿Era esta la magia de Japón otra vez? Yo creo que sí. Y por cierto, ya eran 7/22 hasta el momento.
No sé bien qué sucedió después, pero salí de ese centro comercial con muchísimas bolsas y una idea muy clara: Yo no iba a poder regresar en dos maletas, necesitaba una tercera.
Regresamos al hotel a dejar todo para salir a comer curry japonés. El lugar era una especie una fondita con grandes reseñas. Y el sabor hizo justicia a todos los buenos comentarios. El lugar estaba en Dotonbori, uno de los lugares emblemáticos de Osaka, muy famoso por todas las pantallas publitictarias y lugares para comer.

Y, a unos pasos, llegamos al otro Centro Pokémon de Osaka. 8/22 hasta el momento. El resto de la tarde-noche nos dedicamos a probar postres y perdernos en tiendas.
Terminamos en el Don Quijote. Debo confesar que aunque las redes están llenas de amor hacia esta tienda, a mí no me gusta. La cantidad de estímulos y desorden desquician mis sentidos. Pero yo tenía una misión: encontrar mi tercera maleta.
Y tuvo que ser una grande… Sin duda.
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