Kioto es una pintura viva. Así que en cada esquina encuentras un paisaje onírico y antiguo. En nuestro primer día, llovió, y eso le terminó de dar un aire poético a la ciudad.

Nuestra primera parada fue Kinkaku-ji. No solo el templo era una obra de arte, todo su alrededor lo era: sus jardínes, sus cerezos, sus espacios con dragones. En esta ciudad cada dos pasos encontramos un templo. Todos esos escenarios clásicos de Japón están aquí.

Tip de nube viajera: Son demasidos templos. Elige los que más te gusten y disfrútalos. Perderse un rato en cada uno para admirar sus detalles vale la pena.

Después de todos los templos, llegó el momento de la última parada del día: El Museo de Nintendo. Una de mis grandes y pocas decepciones de Japón. Quizá la viralidad y la lucha por los boletos me hizo crearme grandes expectativas. La idea de las partes interactivas me parece buena, pero la cantidad de gente lo hace imposible.

Pero para componer la tarde, nuestra cena fue en el 7 Eleven recién inaugurado. Todo estaba baratísimo. Comimos como grandes emperadores.

Al día siguiente despertamos muy (muy) temprano para ir a Gion. Es uno de los puntos más emblemáticos de Kioto. Callejuelas empinadas, llenas de construcciones tradicionales. Llegamos tan temprano que pudimos andar sin problema.

Tip de nube viajera: Kioto se trata de llegar a los lugares antes que las hordas de turistas.

Toda nuestra mañana se trató de visitar templos y probar postres de cerezos. El día lo terminamos temprano porque había una celebración nacional y casi todo lo cerraban temprano.

Al día siguiente volvimos a despertar temprano porque nos tocaba visitar más postales de Kioto. Comenzamos con Fushimi Inari-Taisha. Este sitio tiene una de las postales más buscadas de Japón: cientos y cientos de toris (esas famosas puertas rojas). Aquí nos quedamos sin aliento como 36 veces. Son miles y miles de escalones. Y por supuesto teníamos que hacer todo el recorrido.

A mitad del camino, todos paramos para maravillarnos con un gato. El gato se acercó a mí y una señora dijo que me había elegido a mí. Y me pareció una de las verdades más fuertes y absolutas de mi vida: Me eligió a mí.

De bajada, conocimos a una ilustradora que se dedica a pintar gatos y cerezos. Eso me pareció un plan de vida perfecto.

Después de bajar y recuperar el aliento, tomamos el metro y partimos al bosque de bambúes. Esta vez no pudimos salvarnos de las hordas de turistas. Eran mares y mares. Agradecí no haberlos tenido que navegar en los otros lugares. El bosque me gustó, aunque mi amiga no dejo de decir que era mucha milpa y pocos bambúes.

Mi problema fue que el lugar está rodeado de cafeterías temáticas. Y yo no tengo control. Por supuesto que voy a comprar todo lo que tenga una cara de Miffy o Snoopy.

Regresamos al hotel. Fue nuestra última noche aquí. Me despedí de Kioto y, una vez más, agradecí no tener que arrastrar maletas al siguiente día.

Deja un comentario