Fuji – Conocer el Fuji era uno de mis esenciales. Por ello, meses antes del viaje, buscamos la mejor forma de conocerlo. Al final, decidimos tomar un tour porque la premisa me pareció acertada: sólo se hace si el Fuji se puede ver, al menos una buena parte. Fuimos en época de lluvia, así que las nubes no estaban a nuestro favor. Y tras varias cancelaciones, por fin, una noche recibimos una confirmación.
Despertamos temprano (tan temprano que Shibuya estaba vacía) y tomamos el tren para llegar a la estación más cercana al Fuji (allí nos recogerían). En el camino, un sándwich de pepino y jamón y un té verde.
Fue un tour en español, así que mis oídos descansaron un rato de no entender las conversaciones ajenas.
La primera parada fue la Catarata Shiraito. El paisaje es un poema y era tan temprano que prácticamente fue para nosotros. Ese arcoíris mañanero fue solo nuestro. Y fue mi primer encuentro con el Fuji, que, todavía tímido tenía muchas nubes.
La segunda parada fueron lagos: Saiko y Motosuko. Aquí entendí toda la inspiración que ocasiona el Fuji. La naturaleza como la eterna musa.
Después vino la primera trampa atrapaturistas: una cueva de hielo. Arriesgamos nuestra vida para nada. Evítenla a toda costa.
Llegamos a la cuarta y más fuerte parada: Aokigahara, el bosque de los suicidios. Dicen que muchas personas llegan aquí a perderse para siempre. Aquí, abrí el corazón y caminé en homenaje a ellas, a quienes lo intentaron, a quienes lo pensaron, a mí. Curiosamente, había mucha nieve.
La quinta parada fue Oshino Hakkai. Aquí solo conocimos y conocí a un artista japonés que dibuja dragones.
Y, entonces, llegamos a la última parada y comenzamos la interminable subida para lograr llegar a la Pagoda Chureito. Imagino que es uno de los puntos más visitados de Japón porque ofrece una de las postales más buscadas: una pagoda y, al fondo, el Fuji. Al llegar a la cima, tal maravilla de coincidencias, la última nube que cubría al Fuji voló. Y allí estaba él: en toda su majestuosidad.

De regreso a la estación, nos llevaron por una carretera musical. Uno de esos poemas que sólo pueden existir en lugares como Japón. No entiendo bien cómo, pero las llantas al hacer contacto con «pequeños topes» hacen música. Un poema auditivo.
Tokio, otra ciudad monstruo (cont.) – Regresamos a la estación de Tokio a buena hora, así que las tiendas todavía estaban abiertas, así que por supuesto que hicimos lo que teníamos que hacer: visitar el Centro Pokémon de la estación (aunque en realidad es una Pokémon Store). Hasta el momento 6/22.
Y caminamos en la Tokyo Character Street, unos pasillos en la estación que están llenas de tiendas de personajes: Kitty, Rilakkuma, Moomins, Snoopy, Ghibli y, por supuesto, Miffy.
Era la última noche en Tokio de nuestra primera parada en esta ciudad. Ya no teníamos maletas. Ellas ya viajaban a Kioto.
Tip de nube viajera: Usa el sistema de envío de maletas de Japón. Puedes enviar tus maletas a tu siguiente hotel. Es económico, seguro y muy cómodo.
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