Cerezos en marzo (IV)

Tokio, otra ciudad monstruo (cont.) – Despertamos temprano (una vez más). Visitamos los jardines imperiales. Me impresionó la puntualidad japonesa. En la entrada, los guardias veían relojes cuidadosamente para abrir en el momento exacto. Caminamos un poco y, la maravilla, cerezos floreciendo. Aquí comenzamos un estudio clandestino y poco riguroso. Inventamos clasificaciones: cerezos bebé, cerezos tristes, cerezos maravilla…

Nos detuvimos a desayunar en un Starbucks. En esos días, los vasos tenían cerezos, así que yo pedía un té cada que podía solo por tener ese vasito. En esta temporada todo se trata de los cerezos, así que hay comida y bebidas inspiradas en ellos. Así que pedimos una donita de cerezos y ahí iniciamos la ruta del sabor de los cerezos, nuestra misión era probar todo.

A unos pasitos, visitamos el Museo Nacional de Arte Moderno de Tokio. Y conocí el arte de Hilma af Klint. Sus pinturas me maravillaron. Me pareció un regalo de Japón porque por eso viaje uno: descubrir el mundo que no conocería en casa.

Llegamos a Akihabara, conocido como el barrio otaku de Tokio. Mi amiga no entendía a qué íbamos. Ella no es otaku, yo tampoco lo soy. Le dije que era parte del recorrido obligado, que no tardaríamos. Entramos a la primera tienda (porque Japón también se trata de eso: tienda tras tienda), la descuidé un segundo y cuando volví a encontrarla tenía las manos llenas. Amiga, ¿eres otaku?

Partimos al templo Sensō-ji y comenzamos a vivir lo que realmente eran los mares de personas. Éramos olas. Inmensas olas hechas de personas. Mi amiga quería fotos donde solo saliera ella, yo quería salir rodeado de este mar hecho de personas.

Caminamos al Tokyo SkyTree (no es el mirador más alto, pero sí es el algo más alto, sólo que no logro recordar qué es ese algo). Y, como es lógico, es un centro comercial y, como todo buen centro comercial en Japón, tiene un Centro Pokémon. Así que mientras esperábamos nuestro turno para el mirador, fuimos a conocerlo. Aquí un Rayquaza nos recibió y por primera vez me sentí abrumado por la cantidad de gente en Japón. Las olas de personas se volvieron tsunamis humanos. Pero, mientras estaba formado para pagar el Pikachu exclusivo de esa tienda, entendí cuál era mi plan de vida: conocer todos los Centros Pokémon de Japón. Hasta este momento 2/22.

Desde el mirador, volvimos a ver la inmensidad de Japón.

Era hora de cenar y teníamos una cena en el Pokémon Café. Haber logrado una reserva es uno de mis logros profesionales más importantes. La comida, aunque es muy bonita, es mala, pero ver a Pikachu vestido de chef bailando hace que todo valga la pena.

Después de cenar, visitamos el Centro Pokémon que está frente al Pokémon Café. Y mientras pagaba los Pikachu exclusivos de esa tienda, pensé: Hasta el momento 3/22, nada mal… Nada mal.

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