Cerezos en marzo (III)

Tokio, otra ciudad monstruo (cont.) – Desperté tras mi primera noche en Japón y me sentí un gigante. Noté que la cama era pequeña, que el baño era pequeño, que todo era pequeño, pues. Así que, como buen gigante, tenía que salir a cumplir con mi deber: atormentar a la ciudad.

Y, como toda buena aventura en Japón, el comienzo tenía que ser en la Torre de Tokio. Salimos muy temprano para podernos tomar esa foto viral en la que sales en unas escaleras y la Torre al fondo. En cuanto vi la Torre, me sentí aquel niño que miraba maravillado Sailor Moon y Las Guerreras Mágicas. Por un instante, que fueron años, viajé a Céfiro (y nadie se enteró).

Soy los museos que visito, así que el siguiente paso tenía que ser el Museo Nacional de Tokio. Teníamos que caminar un ratito, pasar a Starbucks por algo de desayunar y llegar al museo. Y en el camino sucedió: pasamos por un parquecito y vimos que varias personas estaban rodeando algo. Era un cerezo floreciendo.

Corrí a verlo. Era la belleza, la maravilla y la fugacidad de la vida.

Seguimos el camino y llegamos al museo. En sí, el edificio es una obra de arte. Adentro había cerezos de ramas y tinta.

Tip de nube viajera: Si te gustan los museos o para ti es importante visitar por lo menos un museo en los países que visitas, recomiendo que elijas éste.

Tomamos el metro y llegamos a Ginza, el barrio elegante de Tokio. Aquí nuestras paradas fueron el UNIQLO de muchísimos pisos, la papelería de muchísimos pisos y un centro comercial con un gato astronauta (también de muchísimos pisos, claro está). Aquí uno ve todo y quiere todo.

Después de comer, dimos una visita rápida al Centro Nacional de Arte de Tokio. El edificio es otra obra de arte. Todavía faltaban algunas paradas, así que tenía que encontrar batería. Así que paramos en el país de las maravillas: 7-Eleven. Una coquita bien fría y a seguir.

Comenzaba a oscurecer pero teníamos una hora libre antes de la cena, así que volvimos a la Torre de Tokio, esta vez para verla de noche. Le pedí a mi amiga que camináramos en los alrededores para encontrar la coladera de Sailor Moon. Y allí estaba. ¿Puede una simple coladera conmoverte hasta las lágrimas? Sí, definitivo.

Crecí guardando muchos silencios, pero ver a uno de mis silencios ahí, como algo cotidiano y simple reparó algo en mí.

Tip de nube viajera: Tómate tiempo para apreciar los detalles en lo simple. Una simple coladera puede ser una obra de arte.

Me desempolvé y comenzamos a caminar a la cena. Me maravillaba cómo los pasillos de pronto se volvían puentes. Llegamos, aunque primero pensamos que estábamos perdidos porque entramos mal y todo parecía un edificio abandonado (bonito, pero abandonado). Era mi cena de cumpleaños. El lugar: Florilège. Delicioso y oscuro.

Terminé lleno. Estómago y corazón por igual. Salimos y un cerezo floreciendo parecía abrirnos la puerta (así debíamos entrar, no por las puertas abandonadas).

Regresamos a Shibuya, donde, por cierto, yo ya me podía mover como un local.

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