Prólogo – Soñaba con Japón desde que era un niño que veía a 5 amigas buscar un cristal de plata. Era el sueño más grande. De esos que te alientan y una y otra vez te hacen decir: algún día. En septiembre del veinticuatro, decidí que ese algún día debía llegar pronto, así que compré un boleto de avión de Ciudad de México a Tokio.

Durante poco más de 5 meses me dediqué a planear porque Japón, al menos la primera vez, no se puede improvisar.

Entonces, allí estaba yo, un martes de marzo, en una sala de espera a la medianoche cerrando la computadora tras enviar un último correo. Pasé un último filtro de seguridad y subí al avión. Al entrar, una sobrecargo, señaló mi mochila, sonrió y dijo: ¡Oh, Pikachu!

Estaba en el lugar correcto, no había duda.

Las pantallas se encendieron. Allí estaban todos los monstruos de bolsillo de mi niñez dando instrucciones de seguridad. Nunca había puesto tanta atención a lo que se debe hacer en un vuelo.

Tip de nube viajera: Si te es posible, viaja con ANA, solo por el encanto de empezar a vivir Japón desde horas antes de llegar.

Tokio, otra ciudad monstruo – Eran las 5 de la mañana, no había dormido nada y mi emoción se desbordaba. Estaba por aterrizar en Narita. Como si se tratara de un comercial, allí estaban Mario y sus amigos dándome la bienvenida a su país. Estaba en el lugar correcto, no había duda.

La primera misión fue una de las más importantes: Encontrar a mi mejor amiga. Ella voló con otra aerolínea pero, aunque aterrizamos al mismo tiempo, no llegamos a la misma puerta. Nos enviamos varios mensajes intentando descifrar dónde estaba cada uno. Yo estoy en palito, palito, raya, palito. Logramos encontrarnos.

Tip de nube viajera: Si te es posible, llega con una eSIM. Así tendrás Internet desde el inicio para cualquier cosa, por cualquier cosa.

Debíamos llegar al centro de Tokio, así que tomamos el Narita Express. Mientras esperábamos el tren, descubrí una de mis maravillas favoritas de Japón: las máquinas expendedoras tienen bebidas calientes (y siempre hay té). Subimos al tren, éramos lo únicos en nuestro vagón. Dejamos las maletas en los espacios asignados para ellas, asegurándolas con los candados que hay en esa zona. En la siguiente estación, subieron más viajeros, todos dejaron sus maletas en la misma zona, pero sin usar los candados. Reímos, reímos mucho. Nos delatamos. Éramos dos latinos desconfiando de todos en uno de los países más seguros del mundo.

El trayecto de Narita al centro de Tokio (no sé si realmente Shibuya sea el centro, pero para mí lo es) es como de 1 hora (poco más, poco menos) y comienzas a ver todos esos paisajes de las películas y los ánimes. Y, entonces, sucedió, en un calle vi unos 5 árboles rosas. Decidí viajar las primeras semanas de marzo porque todo era un poco más barato; en esa época, las posibilidades de ver a los cerezos floreces son medias casi bajas (pero no imposibles).

Sonreí, sonreí como nunca: Iba a ver cerezos florecer en Japón, estaba seguro.

Llegamos a Shibuya. Mares y mares de personas en un laberinto de cientos de pasillos y pisos. Crecer en una ciudad monstruo te prepara para otras ciudades monstruos. Activé mi brújula interna y el mapa digital y logramos salir de la estación. Allí estaba, la apantallante Shibuya (que a ratos la llama Times Square). Pero antes de ver cualquier cosa o sentir mucho, teníamos que dejar la maleta en el hotel.

Tip de nube viajera: Usa y confía en Google Maps.

Arrastramos la maleta unos 10 minutos y llegamos al hotel. Era tan temprano que todavía no podíamos hacer el check-in, así que sólo dejamos la maleta. En ese momento, ya abrí mis sentidos.

¿Cuál debía ser la primera parada? La respuesta era obvia: Un Centro Pokémon. Soñaba con ellos desde que era pequeño y había descubierto que existían tiendas dedicas a estos monstruos. Nunca había estado en uno. A Nueva York, llegué muy tarde al suyo, ya lo habían convertido en una tienda de Nintendo.

El Centro Pokémon estaba enfrente del hotel (yo pensaba que estaba más lejos, por lo menos, a una cuadra). Tomamos un elevador y llegamos. Allí estaba Mewtwo respirando. Entré y nunca, en toda mi vida, había estado tan sobreestimulado: todo, todo, todo era de Pokémon. Tomé una bolsa y comencé a echar todo lo que me gustaba (que, por supuesto, no era poco).

Tip de nube viajera: Todos los Centro Pokémon tienen algo diferente. Visita todos los que puedas.

Como 10 minutos después de estar negociando conmigo mismo qué peluches necesitaba, comencé a notar que a ratos olvidaba respirar bien. Le pedí a mi amiga que sostuviera un momento mi bolsa (era importantísimo no perderla porque esos peluches ya estaban bien escogidos), tenía que salir de ahí…

Salí un momento sólo para respirar y entonces lo entendí, realmente lo entendí: Estaba en Japón.

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