Navego en un mar de Soledad, tan asfixiante que parece, sin lugar a dudas, la Nada.

Es un animal conocido, pero al que no termino de domar. Pese a todos mis intentos.

Desde que era pequeño, la escucho en mi nuca (o bien podría decir que en mis entrañas). Recuerdo sentirla cuando tomaba una bolsa con todos mis juguetes para inventar mundos en las escaleras. Me gustaba sentarme en un escalón, meter mis piernas en el espacio entre escalones y poner mis juguetes en el escalón de arriba. No recuerdo todas las historias que inventaba, pero recuerdo la presión del escalón en mi abdomen, la libertad de mis piernas colgando y el zumbido de la promesa de ser la única persona en el mundo.

No crecí solo, también es cierto. Estuvieron la familia y los amigos. Pero también ella.

Conozco su estrategia para cazarme. Todo comienza cuando no entiendo algo cruel del mundo. Tantas preguntas comienzan a asecharme que, al final, decido que nadie tiene las respuestas. Nadie. Entonces, cierro mi habitación, dejo de contestar mensajes y respiro más bajo.

La cura, o al menos el tratamiento, me parece simple pero lejana: los otros.

Nunca me había sentido tan alejado de los otros, desde los conocidos hasta los extraños. Entiendo lo que dicen, pero creo que ellos no me entienden a mí. Como si hablara otro idioma.

Aunque, no dejo de cuestionar, si, en realidad, no es que hable otro idioma, es que no hablo.

Quiero decir que estoy roto, que perdí el ritmo de lo que me gusta, que mi agenda gira entorno a las obligaciones porque me parece lo único cierto hoy. Quiero decir que me siento solo.

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