Caminaba con mis amigos cuando un rayó cayó y me partió.

Nadie lo notó, ni mis amigos, ni la gente que caminaba junto a mí. Casi fue imposible percibirlo. No hubo luces ni crujidos. Incluso, el cielo estaba despejado. Pero ocurrió.

Por un instante pensé que había sido mi imaginación, pero, de pronto, sentí como si algo comenzara a dibujar una grieta desde mis ojos. Una línea que estaba partiendo mi cuerpo en dos. ¿Debía detenerme o intentar seguir? ¿Quizá hablar?

Decidí caminar y, por suerte, mis piernas seguían. Respiré aliviado y pensé que el daño había sido menor. Miré a mis amigos, a la calle, y todo parecía seguir el ritmo de siempre. Intenté levantar mi mano derecha para tranquilizar mi pecho, sin embargo, no pude. Mi brazo estaba paralizado, como si no pudiera controlarlo. Intenté pedir ayuda pero sólo podía abrir la boca la mitad.

Mis amigos ya iban muy adelante. Yo no podía correr, mi pierna derecha no respondía. Y caí. Me arrastré a la orilla para evitar que alguien me pisara.

En la orilla, descubrí una línea que esperaba todo mi cuerpo en dos. Era una línea muy fina, casi imperceptible, pero allí estaba. Con toda la fuerza que me quedaba, intenté pegar mi lado derecho a mí. Pero fracasé.

Y allí roto me quedé.

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