Estaba por levantarme cuando todo comenzó a moverse. Tenía el celular en la mano por aquella manía de pensar que algo ocurrió mientras dormía. Me levanté con cierta facilidad, el movimiento aún era tranquilo, casi arrullador.

¿Debería hacer algún calentamiento antes de empezar a correr? Creo que no. ¿Tengo tiempo de una ducha? Por supuesto que no, el boiler está apagado y nada arruina el día como una ducha fría. Así que sólo eché un leve vistazo a mi habitación buscando lo esencial a salvar. En realidad no había nada. Nada sería recuperable, pero tampoco nada era esencial.

Respiré y salí sin soltar mi celular que, pese a su tamaño, parecía un bastón al que me aferraba.

Cuando salí de mi habitación, el movimiento era más brusco, pero me impresionó no escuchar nada: parecía que el tiempo se había detenido. Casi podría decir que el reloj de la pared daba un paso y regresaba otro. Pero tenía que abandonar mi casa.

En las escaleras, mi celular vibró, pensé que serína mensajes de alerta, pero sólo eran palabras sobre pendientes. ¿Qué hacen escribiendo? Salgan. El mundo se cae.

Y entonces escuché el primer crujido y me detuve. Miré la pared y allí estaba una grieta. Era pequeña, casi insignificante, como si el tiempo pudiera volverla parte del cuadro (aunque nunca la borrara). Intenté tocarla, pero antes de lograrlo, comenzó a crecer hasta unirse a sus hermanas que aparecían, una tras otra. Un laberinto de grietas.

Todo crujía.

No grité, ni empujé, es cierto, pero corrí porque, por fin, entendí que todo se vendría abajo. Mientras corría pensé en todas las historias que no verían los rincones de esta casa. ¿Hay un cementerio para lo que no ocurrirá?

Casi estaba por llegar a la puerta cuando noté que no llevaba la llave conmigo. Regresar por ella hubiera sido un suicidio, si no es que imposible: las escaleras debieron caer. Empujé, golpeé y pateé la puerta. No cedía. En un intento desespero, giré la manija y abrió. No estaba cerrada. ¿Es que cualquiera pudo entrar?

Abrí la puerta y salí. Cerré los ojos y respiré. Escuché todo caer y me negué a abrir los ojos. Esperé a que el concierto de destrucción terminara. Poco a poco el movimiento volvió a ser arrullador hasta desaparecer.

Abrí los ojos, No me atreví a mirar atrás. Miré a mis vecinos y todo estaba igual. En el silencio típico de un martes por la mañana. Pero seguí sin atreverme a mirar atrás.

Mi vecina salió tranquila de su casa y me saludó. Un simple movimiento de mano y siguió caminando. ¿Qué había pasado? Me llevé una mano al pecho para consolarme y esta vez logré tocar la grieta.

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