La culpa la tiene el cuerpo

Suelo culpar a mi cuerpo en muchos de mis problemas.

Mi cuerpo es distinto a lo que se espera de un cuerpo. Basta un breve vistazo al mundo para saberlo. No tengo el contorno esperado, ni armonía en el rostro; mis brazos son delgados y mi barba dispareja; tengo cicatrices que no evocan audacia y batallas, y mi nariz funciona a la mitad.

La lista de lo que no encaja es larga. Tanto que, antes, podía pasar horas enumerando qué estaba mal hasta que mirarme era un verdadero castigo.

El mundo está hecho para recordarte qué no encaja: en este pantalón no entras, por esa escalera no puedes subir, ese color no es para ti. Como si fuéramos piezas defectuosas de un juego preciso.

Desde pequeño me definí como feo (en la forma, no en el fondo). Al crecer, aquella definición me siguió pareciendo cierta. Sin embargo, desde hace un par de años, trabajo en entender mi cuerpo y encontrar mi propia belleza. Y, como casi todo lo importante en mi vida, comenzó con mis ojos.

Pude ver mis ojos hasta que cumplí 24 años. Antes, ellos vivían bajo cristales. No importaba cuánto me esforzará, jamás lograba verlos bien en el espejo. ¿Cómo eran realmente? Verlos por primera vez fue una auténtica fiesta a mi vanidad casi inexistente. Salía de la ducha, habían pasado uno o dos días desde la operación, mi vista todavía ajustaba su complicado mecanismo y el baño era el primer lugar donde comenzaba a ver bien, me paré frente al espejo y allí estaban: tenían la forma de hojas y parecía que contenían al universo entero. Por primera vez veía a mis ojos y veía algo en mí.

Recuerdo decirle a alguien que no sabía lo oscuros que eran mis propios ojos. Quedé enamorado de ellos.

La próxima parada fue mi piel hasta años más tarde. Apreciarla en un país como el mío es difícil, pues es cotidiana y menospreciada por igual. Pero un poco de ayuda en otro continente bastó para valorarla. Estaba en cama con alguien, estábamos completamente desnudos, el calor del verano se había llevado hasta las sábanas, y me dijo: tu piel me enloquece, es el fuego mismo. La miré y, en efecto, allí estaba el fuego. Era un fuego vivo, que sólo se apagaría en mi último suspiro. Era vida. Yo estaba hecho de fuego.

Aquella noche sentí que podía hacer arder el mundo, pero su colchón me bastó.

Tras mis ojos y mi piel, vinieron otras partes y otros mecanismos de mi cuerpo que me gustaron. Pero descubrí que había descuidado mi cuerpo mucho tiempo. Necesitaba nutrirlo, hidratarlo y moverlo. Estoy aprendiendo a equilibrar lo que como, tomo dos litros de agua al día y voy al gimnasio cinco o seis días a la semana.

cuerpo

Aún hay mucho que no me gusta, pero también hay mucho más que me gusta.

Una respuesta a “La culpa la tiene el cuerpo”

  1. Avatar de oswaldomujica

    Concuerdo en que esos ojos ¡son bellísimos!

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