Cuando comencé a salir de las tinieblas, nada me asustaba más que sentirme triste. Sentía que un mal paso podría llevarme otra vez a ese lugar al que no quería volver nunca. Podría decir que lo cotidiano más cercano a la depresión es la tristeza. Pueden ser vecinos, pero la distancia es enorme.

Todo el tiempo quería estar feliz. Me alejé de todo aquello que pudiera ponerme triste. Sentencié a la tristeza. Y eso era desgastante.
La tristeza es parte de nuestro ritmo, al menos del mío. Llega tras un mal día, un corazón roto o una derrota. Y puede llevarnos a lugares fantásticos como una nueva perspectiva o hablar con nuestros mejores amigos.
Recuerdo que las primeras veces que me dejé estar triste, intentaba cortar el momento lo más rápido posible. Y me asfixiaba en trabajo o en cualquier océano que no me dejara pensar. No lloré varios meses. Terrible. Las lágrimas limpian. Y eso es importante, sobre todo para mis ojos, que todo el tiempo añoran lo que se llevó la cirugía.
Acabé de hacer las paces con la tristeza en mi última visita al psiquiatra (la cual yo no sabía que era la última). Recordé todo lo que había sido la oscuridad. Me sentí inmensamente triste de haber deseado que el mundo terminara. El mar brotó de mis ojos y, como si la bruja del mar hubiera robado mi voz, me quedé sin palabras.
Y allí estaba yo, en el sofá, convertido en un océano sin voz, dichoso de tener conmigo a la tristeza y a la vida.
Hoy bailo con ella cuando llega, sea por una hora o un día. Aquí estamos ambos. Y qué felicidad.
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