No era un jueves cualquiera. La mañana era lluviosa, las calles estaban llenas y tenía una junta del otro lado de la ciudad (que, aquí, significa una aventura llena de baches). Llegué tarde y escuché noticias abrumadores, lo que, unos meses atrás, me habría hundido en ansias. Pero al salir, de algún modo, el mundo no parecía agobiante. Mucho menos terrible. ¿Dónde estaba?

Culpé a la lluvia, que siempre me pone de buen humor, aunque en realidad esa mañana, el clima me había molestado, pese a la poesía de ver gotitas en mi abrigo verde para las tormentas. ¿O era justo la combinación que pude hacer después de tanto tiempo con mi ropa? Ponerme cualquier pantalón sin asfixiarme, una camisa sin sentirme atado; pero en ese momento tener que ir al gimnasio en lugar de poder visitar mi cama, no me entusiasmada.
Entonces, ¿dónde estaba?, cómo estaba ahí? Quizá estaba enfrentando el día (quizá la vida) de otra forma. No sé cómo pasó. ¿Fue la combinación entre los medicamentos, la comida, el ejercicio, la terapia y el mantenerme ocupado?
Seguí caminando. Cerré los ojos un momento y respiré. El aire olía a lluvia. Me gustaba ese momento. Me sentía fuerte y con esperanza. Sentí un extraño abrazo del presente. Suspiré por mi familia y mis amigos, me sentí grande en lo que hago y soñé con el otoño de Seattle.
Me gusta este momento.
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