Comencé la tarde quemando cartas. Viejas palabras que hace tiempo me lastimaron. No era mi intención, pues sólo limpiaba cajones como cada primavera, pero allí estaban, esperándome: monstruos en el cajón. ¿Cuánto puede caber en un cajón?
Con las cartas, encontré un diario que llevé en mi primera gran caída. Con él, viaje a mis veintisiete, una época dura. Y no pude evitar comparar los veintisiete con los treintas. ¡Qué épocas tan oscuras!
Los veintisiete los curé con un viaje largo y paroxetina, pero la tregua con los treinta fue muy difícil. Poco quiero detenerme en las tinieblas y sus raíces, pues, hoy, sobre todo, estoy navegando en el remedio, el cual comenzó con dos tabletas y unas cuantas gotitas.
Las gotitas me hicieron dormir varios meses. Caminaba con la mente dormida y comía poco. Recuerdo intentar descifrar historias simples de películas tirado en el sofá. ¿Qué busca el personaje? ¿Cuál es su nombre? Los créditos. Ya era muy tarde. ¿Me dormí o las imágenes era rápidas?
Y poco a poco dejé todo aquello que haría en un día perfecto.
Pero apareció una chispa: una llamada de mi jefe. Él, sin darse cuenta, infló un salvavidas. Curioso cuánto puede ayudar mantener las manos ocupadas y las ideas corriendo.
La psiquiatra me quitó las gotas y comencé a despertar; poco a poco, no fue un día, fueron semanas, pero poco a poco, lo lograba. Retomé parte de lo esencial: el trabajo, los libros, los viajes y el ejercicio. Corrí con mi hermana a Seattle y, en las nubes, empecé a sentirme yo un poco más.
Fue un viaje fantástico que terminó con el ataque de una vagabunda. En el centro de la ciudad, al salir de cenar, una mujer, con ojos llenos de historias tristes, drogas y abandono, me escupió y me insultó (aunque sus palabras no eran para mí, eran para la vida que tuvo). Mientras limpiaba mi abrigo, pensé que eso no era lo peor que me había pasado ese año y reí. Me dormí riendo.
Al poco tiempo, me quitaron una de las tabletas. Me quedé con dos cajas de tratamiento que son un trofeo. Volví al gimnasio, tomé mis libros, abrí mi estuche de pinceles y busqué todo eso que había dejado.

Todavía hay caídas, pero ahora me levanto, a veces lento, a veces rápido. Voy buscando el ritmo, mi ritmo de los treinta y uno.
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