La tristeza, la desesperanza, la angustia y el miedo encerraron a mi cabeza. Y en esa habitación apareció (o reapareció) un monstruo. De pronto, no sólo veía mal, también me sentía mal todo el tiempo. Quería desaparecer, quería gritar, quería llorar y quería dormir. Más tarde, mi psiquiatra me ayudó a ponerle nombre a ese monstruo: Depresión.
Pero antes de poder buscar ayuda para entender e intentar controlar mis emociones, un cansancio terrible me invadió. Tan fuerte que terminé en un hospital con médicos estudiando mi sangre. Todo parecía indicar que la herencia llamaba a mi tiroides, pero, al final, no hubo nada. El endocrinólogo me dijo que no había una explicación para mis síntomas, que dejara todo atrás, que siguiera.
Y por un momento respiré. Hasta que descubrí que seguía viendo mal, exhausto y triste. Pensé que enloquecía. ¿Yo estaba inventándolo todo?
Pasé las primeras semanas del 2018 tirado en cama casi todo el tiempo. No salía, no trabajaba, no hablaba, no comía. Y tampoco compartía esa oscuridad. Inventé un montón de historias para que la gente no supiera que una tormenta me estaba devorando entero. Qué egoístas somos con nuestros infiernos.
Mis ojos empeoraban: veía las luces de la calle con halos gelatinosos y casi cualquier luz me lastimaba. Encontré muchísimo consuelo en la oscuridad, y quizá esa soledad terminó de tirarme. Dejé de leer porque me mareaba muy rápido y dejé de ir al cine porque la luz de la pantalla me lastimaba. Puede parecer algo sencillo, pero eso es mi mundo, no, era mi mundo.

Volví con oftalmólogos para intentar que hiciera algo con la luz, pero ninguno logró nada. Dejé de tener esperanza en ellos (y en todo). Seguí tirado en cama varios días más.
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