Llamé a mi oftalmóloga a mi primera hora. Le expliqué la visión doble que tenía al ver letras en pantalla. Y a mediodía ya estaba en su sala de espera. Me escuchó y luego me revisó; prueba tras prueba, no encontraba nada extraño. Sólo me recetó un par de apoyos para mantener a mi ojo más hidratado. Al parecer no llenaba lo suficiente mis ojos con lágrimas. Qué ganas de llorar, de saber llorar.
Seguí las indicaciones. Usé lentes para computadora, antifaces calientes por las noches y lágrimas artificiales todo el tiempo (desde que uso lágrimas artificiales, siento que perdí un poco de humanidad; la palabra artificial me hace sentir un robot). Nada funcionó.
En la computadora seguían las sombras persiguiendo a las letras. Y, al poco tiempo, esta persecución llegó al celular. Ahí comencé un recorrido para que otros doctores estudiaran a mis ojos. Pensé que a mi oftalmóloga se le podía estar yendo algo; a todos se nos va algo, no lo sabemos todo, ni lo vemos todo (yo menos ahora).

La primera parada fue el doctor que me quitó las gafas. Una eminencia, dicen algunos. Y como siempre, su veredicto fue una infección común. A estas alturas, yo ya imaginaba que no era una infección (no una común al menos); pero compré las gotas. No sé qué ven en mis ojos los otros doctores, pero llaman a mi operación una obra de arte. Y supongo que él mismo lo cree, porque, para él, mis ojos han estado bien todo el tiempo desde la operación. Esas gotas no ayudaron.
Hasta ahora, había vivido mi malestar en silencio. Sólo le contaba algunos detalles a mi familia y a mi mejor amiga. No sé por qué. Quizá me aterraba contar todo lo que veía; preocupar a otros. Sólo recurro a más gente cuando siento que estoy perdiendo la batalla por mi cuenta.
Y eso hice.
Llamé a mi mamá un poco tarde. Y tras el intercambio de cordialidades, comencé a llorar. No sé por qué comencé hablándole sobre el dinero. Le dije que en esas semanas había gastado mucho en consultas y estudios. Y ella no entendía por qué un malestar me estaba causando tanto agobio. Le conté todo: lo oscuro de la noche, las palabras dobles y el cambio de colores. Escuchó, aunque no sé si lo entendió todo porque yo no dejaba de llorar. Y, entonces, grité mi más grande miedo desde que apareció el primer arcoíris:
¿Estoy perdiendo la vista?
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