Comencé el año caído. Tirado en cama, sin ánimos, ni propósitos, sólo un gran cansancio. Me parecía que el mundo me había aplastado. Parecía que mi cuerpo no quería responder. Para qué levantarme, para qué intentarlo. Perdía peso y no veía bien. A los pocos días, llegué al médico, quien conociendo las maldiciones familiares y revisando los síntomas, sospechó de un mal de tiroides.
Mientras revisaban mi sangre, busqué qué podían encontrar en ella: hipotiroidismo, hipotiroidismo, diabetes, un apocalipsis. Todo me parecía encajar. Todo y nada. En esa horas, incluso, me propuse abrazar la enfermedad. Entenderla y tratarla.
Mi sangre habló y, en realidad, tuvo poco que contar. Tenía que comer más, pero nada más allá. Siguieron otros exámenes y especialistas, todos coincidían: no hay nada de qué preocuparse. Tal vez agotamiento por estrés.
El tratamiento era simple: dejar todo atrás.

Y aquí estoy, poco a poco, desintoxicándome de todo lo que gritan los monstruos en mi cabeza y el espejo. Fue un invierno frío, muy frío.
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