En el baile de la derecha y la izquierda, los dos dimos el paso a la derecha y las palabras comenzaron. Fue una breve fiesta entre preguntas y halagos, hasta el intercambio de números. Con ellos, comenzamos una historia de planes, sin dejar los mimos virtuales. En la primera llamada, su voz me pareció infinita, un lugar para guardarlo todo, lo simple y lo inimaginable.

Pronto volvería de Londres y las ansias todo devoraban. Fue un martes. Partí de la escuela a devorarme la tarde para encontrarnos en Sol al anochecer. Salí del metro y allí estaba. Sincronizamos nuestras miradas y las sonrisas que escapan sin querer.

Dijo palabras simples, torpes, quizá, pero su voz se llevó el otoño de Madrid.

romance

Dimos unos pasos intentando derrumbar los muros construidos para los desconocidos. Y comenzamos un paseo de sabores. Me habló del pimiento, la sal, el ajo y algunas especias. Parecía que preparaba un guiso con sus palabras y sus ojos, y, de algún modo, yo estaba en esa olla.

Salimos del último restaurante y decidí quebrar el mundo que existía entre nuestras bocas: el primer beso. Todo cayó, esa distancia, los muros construidos para desconocidos y conocidos, pero allí estaba su abrazo, para sostenerlo todo. Era el sabor del sol.

Llegó el viento frío que anuncia el invierno e invitó a mis manos a su abrigo. Allí nuestros dedos tuvieron su propio baile, tejían una telaraña o un mundo, un secreto que sólo ellos supieron.

Y volvimos a Sol.

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