Todo comenzó como un día nublado. Parecía que el mundo había perdido un poco de color, otro tanto de música y algunos sabores, pero nada de qué preocuparse. El sol vendría en unas horas a aliviarlo todo.

Desperté ansioso por abrazar el primer rayo de sol, pero allí sólo estaba un cielo gris que todo lo envolvía. El tiempo siguió y poco a poco me acostumbré a la oscuridad. Había tormentas con relámpagos de alegrías: las mañanas de tinta y agua, las tardes sin prisa y las noches de cariño. Sin embargo, los relámpagos sólo alumbraban un instante el mundo.
Me ahogaba. A cada paso intentaba salir de la oscuridad a tomar un poco de aire. Pataleaba, gritaba en silencio, golpeaba todos los muros. Esa oscuridad era una caída en un mar negro y profundo, donde nada crece ni llega. O quizá sea el lugar más habitado del mundo y simplemente no puedes ver.
En la caída, al girar, olvidé dónde estaba el suelo y dónde las nubes. ¿A dónde tenía que ir? En realidad, no quería ir a ningún lado.
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