Volví. Mi voz lo dice tranquilamente, pero en realidad me ahogo. La ciudad me parece un laberinto, el viento, pesado y la comida, picante. Todo luce distinto, aunque sólo estuve fuera un año.

Lo más duro es el ritmo. Todo se mueve a un paso que no entiendo, como un baile al que llegué tarde. Nadie se detiene. Intento colarme en algún hueco vacío, sin embargo, todo pasa muy rápido y me topo con muros: la ciudad hizo una vida sin mí. Mis amigos, mi familia y los extraños ahora miran y creen otras cosas. Me siento egoísta, pues deseo que el tiempo no hubiera pasado en este lado del mundo.
Tomo el coche en un intento desesperado por encontrar algo que siga funcionando igual. Funciona. Aunque el alivio es momentáneo. A unos pasos, un letrero con una nueva y absurda velocidad permitida rompe el intento de volver a mi antiguo ritmo. Ni siquiera me puedo mover igual (una multa me lo recordará meses más tarde).
Todavía hablo como si estuviera allá, aunque nadie me escuche. Mi boca y mis dedos están llenos de palabras ajenas y un montón de historias que jamás conté.
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