
He salido de la ducha. Intenté que el agua fría se llevara los pesares y el calor. Me topo con mi reflejo; sin vapor, no hay máscaras momentáneas. Allí estoy. He cambiado, pero allí estoy. Está lo viejo, lo reciente y lo que antes era inédito. En otro espejo, en otros ojos, pude mirar y entender lo que desconocía: cosas simples y maravillas, de todo un poco.
Me gusta caminar en la tierra, el crujido me parece una melodía para aderezar un día, un encuentro o el fin del mundo. Tengo un sonido para cada instante: un suspiro, un maullido, un gemido, un grito; salen sin más, me delatan. Me aterra hablar con extraños y conocidos; cuando lo intento, mis palabras se convierten en pies torpes en una danza, me tropiezo una y otra vez; prefiero el silencio. Cierro la puerta de mi habitación cuando no entiendo algo: un gesto, una lección, una palabra, un número; puedo abrirla al instante, pero debo cerrarla; un mecanismo como el parpadeo. No hay palabra que me asuste más que un no; me parece que al decirla creo un muro repentino e inquebrantable.
Aun descubriendo lo insólito, me encuentro en el espejo, una vez más.
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