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Llevo viviendo lejos desde los últimos días de septiembre. Más de siete meses. Lejos de casa, el cariño y los guisos picantes, lejos, pues, del mundo. Comencé en un hotel, y más tarde en la casa de los gatos, hasta llegar a esta nueva ventana: un acá distinto. Las primera semanas en Madrid fueron una aventura de viajero: perderse, descubrir, añorar de vez en cuando, maravillarse con cualquier calle y volverse a perder; pero poco a poco, los nombres, los árboles y los sabores dejaron de ser ajenos, hasta que un día la ciudad fue completamente mía.

Tras celebrar los años de una amiga que encontré en Madrid, regresé a mi última noche en la casa de los gatos. El metro había cerrado, el frío de noviembre todo lo invadía y yo llevaba una maleta vacía en una mano, un celular sin batería en la otra y un corazón que comenzaba a quebrarse. Frente a la puerta, descubrí que había olvidado las llaves en algún lugar de Madrid. No tenía a dónde ir, ni cómo llamar a alguien. En aquel instante, la ciudad se volvió mía. Vivía lo terrible, lo extraordinario, lo desesperante y lo cotidiano sin la promesa de que eso acabaría el próximo día. Ahora (en ese ahora), vivía acá (aquí, lejos). Dejé de ser un viajero.

A pesar de pasar casi todo el tiempo encerrado en la escuela, tal época de cuevas, viviendo y danzando con sombras de lo que es fuera, descubrí los atajos, los sentidos, las estaciones, los ritmos, las trampas, las palabras y todo aquello que sabes cuando despiertas y duermes en una ciudad por varios meses. Hoy, guío turistas perdidos, sé dónde comprar manzanas (incluso envenenadas) y tengo mis propios rincones a los que no quiero volver.

Sueño con volver a casa, sin duda, aunque a veces la idea de regresar termina siendo una pesadilla: una danza entre querer y no, volar y no. No tengo raíces aquí, pero tampoco allá, pues tuve que cortarlas, quizá pueda coserlas a mí otra vez. Vivo fuera del tiempo, congelado en la memoria de los que me esperan y a una velocidad distinta de los que esperan año tras año aquí. Puedo darme el lujo de detenerme a mirar cada detalle del mundo.

El mundo se ha hecho grande desde que vivo lejos.

2 respuestas a “Lejos”

  1. Avatar de Numancia (@im_just_a_raven)

    Es raro leer esto en retrospectiva, ¿ya sabes? Te abrazo estando aquí, pero siempre desearé que estés en donde seas feliz; aunque eso implique estés lejos de distancia -porque ya sabemos que de corazones, nunca estaremos separados-. Te quiero. Allá, aquí, no importa. Te quiero y ya.

    1. Avatar de Carlos Apreza

      Te quiero desde allá y desde aquí. Sin duda. Pero quererte y poderte abrazar es mejor.

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