Todo estaba mal. Tras pagar lo que me pareció un cofre lleno de monedas de oro, seguí los letreros, pero algo no salió bien. Qué hacía de ese lado si yo iba en otra dirección. Entonces, el tren apareció y encontré el equilibrio: acá, el lado que viene es el lado que va allá, en casa.

Las puertas no se abrieron solas, hay que hacerles un hechizo o esperar que alguien levante una palanca u oprima un botón (no es ninguna maniobra para aterrarse). Cuando logré entrar al vagón (primero hay que dejar salir para luego entrar, como en el sueño ajeno), vi un verdadero aquelarre: ojos leyendo libros, manos manipulando máquinas electrónicas y pieles de todos los colores. Vaya maravilla. Aunque fue difícil hallar otras miradas.

Poco a poco voy entendiendo el sentido y los movimientos de los trenes. A veces no sé a dónde ir, pero perderse tiene su encanto: descubrir un mundo antes del desayuno.

Una respuesta a “El lado que va”

  1. Avatar de Jake
    Jake

    Te extraño, ya vuelve aunque odies los trenes de acá.

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