Me despertó el hambre a las dos de la mañana (quizá eran las cuatro, pero parecían las dos; no me atreví a ver el reloj). Era esa hambre que sólo se calma con unos chilaquiles bañados en mole o comiendo cualquier cosa junto a nombres inmortales un domingo cualquiera.
Acá, los trenes corren distinto y los sabores son diferentes, aun cuando tienes la fortuna de encontrar lo mismo. El supermercado es un laberinto. Incluso los anaqueles más pequeños son muros inmensos. Qué es esto, a qué sabe aquello, la aventura de cada día. Busco nombres y apellidos comunes, y los hallo, pero adentro tienen algo distinto, no es mejor, ni una pesadilla, sólo es distinto.
Tengo que hacer una brujería distinta en la cocina. Trato de encontrar sustitutos y dejarme llevar por nuevos aromas. Sin embargo, descubro un inmenso problema: no me gusta cocinar para uno, pues dónde queda el encanto de embrujar o quemar otra lengua.
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