Cada 28 de marzo, pasadas las ocho de la noche, le marcaba a mi abuela. Había poco que decirle: cómo están mis vacas, mándeme pan, nadie me hace mole y felicidades, abue. Pero estaban sus promesas: nos vemos en las vacaciones y te llamo en unos días para celebrarte a ti. Y cumplía. Sus palabras eran el final: lee, quiere, mira la lluvia, espérame siempre y ven a visitarme.
Y algún día iré.
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