Dejé que el despertador cantara y me hundí en el mar de sábanas y la mala semana. Prometí sólo salir ante la tierra calmada a la vista. Aunque fallé tras sentir el desierto amargo en la garganta. Y del vaso medio vacío salté a la ducha. Me dieron ganas de ser agua y escapar con las últimas gotas. Hubiera sido vida para siempre. Pero allí me quedé. Qué maldición habían sido los días pasados. La regadera no logró quitarme la piel en blanco y negro y me puse una playera con cuadros de colores, buscando un poco de mimetismo. Nada. Iba tarde a clase, toqué el timbre quince minutos después del comienzo. En el eco de las escaleras, grité, en voz baja, que había sido una mala semana y el eco me habló sobre la belleza de esos momentos, pues gracias a los malos tiempos, descubrimos las maravillas de otros días.
Me hundí en las acuarelas y, sin darme cuenta, uno que otro color volvió a mi piel. Quizá la magia del turquesa, el carmesí y la tierra de sombra natural. Buscando tonos, pude respirar una vez más. Una tregua con mi cuerpo: aquí está el aire, dame horas de sueño sin dormir.
Más tarde, llegué a comer pretzels a una esquina con la compañía de los días malos, buenos y los que vendrán. Poco tenía que decirle, pues con dos o tres palabras podría adivinar el resto, pero esa tarde decidí contarle la historia completa, una con prólogo y sin final abierto. La masa, pese a la sal, trajo algo dulce a mi boca. Las letras amargas habían salido. Sentí color en las mejillas.
El sol se acabó con palomitas y té. Maldije este tiempo sin dragones, pero agradecí la permanencia voluntaria de las brujas. Me miré en un espejo y allí estaban los colores, eran opacos, pero allí estaban.
Deja un comentario