Solía tener una batalla interminable con los domingos, pues eran los días en los que el peso del mundo caía en mis hombros: los pendientes, las añoranzas y los sinsabores. Pero poco a poco estoy curando con asteriscos a estos días.

Hice una tregua con el despertador y el acuerdo se cumplió, quince minutos más en el laberinto de sábanas y no más, una buena despedida. En la caminadora, cuando todo parecía perdido, apareció la canción precisa para alentar la historia que espero cumplir. Logré el equilibrio exacto en la ducha, agua caliente, agua templada, espuma, agua caliente, espuma y ver gotas correr por mi cuerpo, la otra danza de la lluvia.

Pese al ruido y al suelo agrietado, llegué a tiempo y encontré calidez mientras recordaba un tiempo que no viví, comía una hamburguesa y buscaba en un estacionamiento algo que nunca se perdió.

A las seis, me hundí en un libro y en una taza de té. Y ése pudo ser mi epílogo.

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