Hace un par de meses, por un juego de azares y sueños, abandoné mi trabajo sin ningún paracaídas (comienzo a sospechar que me gusta el vacío). Los rugidos y los cantos no se hicieron esperar, felicitaciones y preguntas por igual. Y allí, quizá, sin darme cuenta, se sembró la semilla de una pesadilla: a dónde en este tiempo de crisis y melancolía por lo que nunca será (ni fue).
Tras unos días de té y lluvia (días idílicos para mí), empecé a buscar el próximo escalón. Visité bolsas de trabajo, más quisquilloso que la primera vez, sabiendo hacia dónde quiero ir y lo que no quiero hacer. Hay de todo, aunque casi no se llega a nada. Me sorprendieron, sobre todo, esas vacantes que pedían el dominio de todos los saberes a cambio de unas monedas que no llenarían ni el primer saquito de rupias que tuvo Link. Allí, se cae en la trampa del cazador, pues es lo que hay; si no soy yo, será alguien más. Aunque no perdemos la esperanza: anhelamos que esta oportunidad en realidad sea una habichuela mágica que, en un dos por tres, nos lleve a encontrar los huevos de oro.
Abrumado por ese espanto y la ausencia de réplicas, me dio por contarle a mis conocidos en dónde andaba y dónde quería estar. Algunos escucharon con paciencia, me aconsejaron y hasta me dieron atajos a lugares desconocidos, ya que es más fácil llegar a cualquier lugar, pero esta vez yo ya no era Alicia sin saber a dónde ir. Otros inmediatamente dejaron de mirarme, contraje esa enfermedad que te vuelve extraño. Terminé sintiéndome como la madre de los dragones caminando en el desierto: llevaba maravillas sobre los hombros, pero eso, en este tiempo, a nadie le interesa.
Entre telarañas y recomendaciones, llegué a mis primeras entrevistas. Ha habido de todo: casitas de jengibre y edificios monstruosos, donde casi siempre hay que entrar por una cueva en la que ves la sombra de un gran dinosaurio, pero quien la proyecta no es más que una diminuta (y triste) iguana. No hay muchas diferencias. Las mismas preguntas, los mismos exámenes y hasta los mismos dibujos (éste es el momento que más disfruto). Se vuelve una especie de videojuego en el aprendes la combinación de teclas para pasar (o no) al próximo nivel.
En algunas aventuras, he tenido la llamada fortuna de pasar todas las pruebas y llegar al final (incluso sin perderme), sólo que ahora leo las letras chiquitas y no me dan ganas de cambiar mi voz por un par de piernas (o el trueque en turno que no mencionaron al inicio). No firmo nada, ni canto.
Y aquí sigo. Buscando, dudando y, hay que decirlo, soñando.
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