Escuché la promesa de lluvia y decidí ir a la cama. Eran las dos, las tres o cualquier hora (tras varias luchas con el insomnio, llegas a un acuerdo con él y deja de importarte el tiempo). Comencé los malabarismos para invocar al sueño, ese juego de movimientos con las almohadas, las sábanas y el colchón. Me estiré en el centro para sentir que la cama había perdido sus bordes, creer que era infinita. Con mis últimas fuerzas, jalé la colcha y todo lo cubrí, menos mi nariz y mis ojos. Al dejar que mis párpados se rindieran, escuché el canto de una sirena o la melodía del fin del mundo en el fondo de mi cama; mis pies buscaron la orilla, pero al no encontrarla empecé a descender y así comenzó el hundimiento.
Temí caer en cualquier momento, la cama tenía que acabar pronto, llevaba un buen rato arrastrándome, pero jamás sucedió. Pensé que me había encogido, el colchón no era tan grande. Pese al miedo, disfrutaba caer y conocer. Sentí que algo rozaba mi pierna, se aferraba, mas no me atreví a mirar, ni a detenerme; al poco tiempo, mi cuerpo volvió a liberarse.
Tras varias horas, el aire abandonaba mis pulmones, sin embargo, sabía que el fin llegaría pronto. La textura de la sábana era distinta, casi desconocida; la oscuridad era más profunda, casi absoluta. Empecé a soñar o a delirar (dormir o morir). No era la orilla de la cama, había llegado al centro del universo.
Deja un comentario