El momento tiene derecho a ser espeluznante, agrio, sofocante, oscuro y pesaroso. Las paredes suelen llenarse con palabras de aliento y felicidad forzosa; olvidando u ocultado las tristezas, los sinsabores y las molestias, aquellos instantes en los que descubrimos el otro lado del mundo. En la soledad, se conoce el verdadero sabor del café; mientras que en las tinieblas se admira el cuerpo, la historia y los planes. La aflicción trae el consuelo de la crema de avellanas, un festejo para el paladar, imposible de atrapar en las alegrías; el horror despierta los sentidos y las emociones, mostrando una manera distinta de respirar, parpadear y caminar. Sentimos otras texturas en el cansancio: ciertas e infinitas, como los hilos de la almohada y los minúsculos espacios donde albergamos rastros de la tierra onírica: suspiros, gemidos y anhelos.

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