Hace dos semanas me tiré al vacío. Tuve poco tiempo para prepararme, cuatro días, quizá cinco. Me lancé sin paracaídas y escuchando lamentos, pero ansioso y seguro de la aventura.
Estoy cayendo, eso es evidente. He intentado hallar un planeador: un trabajo distinto, pero no lo he encontrado (o él ni me ha mirado). Imagino que por mis carencias: falta de colmillo, mala suerte, pocas relaciones, los crueles vientos de mi país, errores de búsqueda o yo qué sé. Mando cartas a conocidos y extraños casi todos los días, diciéndoles quién soy, sin embargo, aún nada. A veces huelo el aroma de la decepción y la frustración.
Otro camino en el aire es volver a la escuela (nueva, lejana). Pero las cuentas no salen y los temores anidan. Siento que caería en un mar abierto y terrible. Creo que olvidé qué cuestionar, cómo citar, dónde sumergirme y todo aquello que llevo un rato sin hacer (eso que tanto me gustaba). A veces huelo el aroma del terror y la melancolía.
Aprovecho el poder del vacío y hago aquello para lo que antes casi no tenía tiempo. Leo, escribo, sueño, pienso, cocino, dibujo, conozco y reencuentro. Me gustan estos rincones para descubrir y deshacer. A veces huelo el aroma del alborozo y la fascinación.
El suelo está a unos dos meses. Tal vez tengo que estrellarme antes que nada.
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