Confieso recordarlos a todos. Cuando era pequeño, me contaron sobre ellos: mujeres, brujos, monjas, duendes y elefantes que enseñaban a contar, a escribir, a leer y a dibujar, mientras buscaban artimañas para castigar. De cada uno guardo historias, algunas majestuosas, otras terribles y unas cuantas absurdas.

Estaba La Gigante. Era una mujer alemana con sangre de gigante. Sus aretes eran del tamaño de mi cabeza, usaba pieles de cebras, preparaba waffles para el desayuno y me enseñaba palabras en alemán. Siempre dijo que yo era un niño inteligente y cortés, aunque nunca dejé de creer que me haría comer alacranes a la primera palabra mal entonada.

En las tardes, pasaba tiempo con La Emperatriz de la Tinta y la Sopa. Me aventuraba a bajar cien mil escalones a sus salones secretos para aprender a dibujar caballos. Ella me llamaba Ojos de Venado y olía a pintura fresca. Pasaba esa hora pegando sopa, entendiendo el mecanismo de las alas y pintando caballos, pues eso quería hacer el resto de mi vida.

Unos años después, conocí al Mago de los Números. Todas las mañanas tenía que correr un interminable maratón numérico. Quince por trece, más veinticinco, por cuarenta, más veintisiete, menos trece… Poco entendí de su treta, hasta que noté que nunca tuve problemas con los números.

Ellos son algunos (los primeros). Y espero conocer a otros.

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