Nadie recuerda a los hombres viento.

Antes de serlo, ellos fueron hijos amados, enemigos temibles, desconocidos amables, vecinos graciosos, todo cuanto imaginemos. Llevaban una vida, como cualquier otro: nacían, perdían el camino, sonreían, ascendían, limpiaban vajillas, bebían vino y esperaban el autobús. Sin embargo, un día, cada uno decidió volverse un hombre viento.

Ocurría a cualquier hora, tras el café de la mañana, en la hora sin sombras, antes de la primera estrella, frente a la oscuridad de la noche. Comenzaban el día sin proponerse ese cambio: celebrarían algo especial, llegarían temprano a casa, besarían a su pasado, irían al cine y tropezarían en la calle. La vida continuaba. Anhelaban poco o, incluso, el universo. Cada uno, a su tiempo, llegó a una puerta del viento: un risco, un abismo, un rascacielos, una ventana y todos aquellos lugares donde el viento acaricia y golpea.

Frente a esa puerta del viento, ellos decidieron irse. Su marcha empieza con el regalo del olvido: pierden su pasado y desaparecen de las historias ajenas. Abren los brazos y despiden a su cuerpo. Sus manos, sus ojos, sus tobillos, sus párpados, todo se vuelve viento. En ese instante, descubren el mundo entero: el comienzo y el epílogo, el calor y la nieve, la felicidad y la angustia, la vida y la nada. Y nunca más regresan. No tendrían a qué.

Nadie recuerda a los hombres viento.

Y cuántos habremos conocido.

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